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miércoles, 7 de agosto de 2013

Girls just wanna go to Burriana (I)

Que por mayo era, por mayo, cuando A. me propuso ir a algún festival este verano. Estábais esperando lo de "cuando hace la calor". La calor la hace ahora, chicos. No liarme. El caso es que, a pesar de mi aversión a las aglomeraciones, acepté la propuesta porque, you know, a quién no le va a gustar. Sí, yo, la misma que renegaba hace un mes de la #FantasticLife, he hecho un paréntesis en mi hurañía habitual para enseñar dientes por la costa levantina y pegarme un fin de semana de playita, arrocito y festipower. Y, por supuesto, contarlo. He de decir, eso sí, que no lo hago por compartir mi felicidad (léase restregársela al resto del mundo por los morros) sino por el bien de mi PMB, que hasta ahora ha vivido acomodado en su mundo de YouTube, haciendo trash hunting sin moverse del sofá. Triste política para un blog musical.

Así, queridísimos, os contaré cómo A. y yo conseguimos pasar tres días en el Arenal Sound, compartiendo espacio, entre otros VIPs, con Keira Knightley (quién sabe si con Letizia Ortiz, tan metida ella en el rollo hipster), sorteando los peligros de botellones de proporciones bíblicas y caminos sin asfaltar y alimentándonos únicamente de pizza. De dormir en el camping nada, eso en mi camita, no querréis que encima sufra.

la bienque

Día 1: A. está fresca, pero yo encaro el primer día de festival apenas 24 horas después de un turno de 24 horas, OJOCUIDAO, por lo que procuro ingerir alimentos suficientes para resistir la jornada y completo el calentamiento con una siesta de tres cuartitos de hora, que ya no tenemos 18 años. Subimos al coche. A. no es consciente de ello y yo no se lo digo, pero no me sé el camino. Así voy yo por la vida. Aún así, llegamos sin mayores problemas. No solo eso, sino que encuentro el parking. En realidad el parking es como un bancal en barbecho, hay tierra seca por todas partes, el coche bota a lo París-Dakar (o lo que quiera que sea ahora) y por un momento pienso que la escena solo puede acabar así:


O así:


Afortunadamente, no ocurre ninguna de las dos cosas, y consigo dejar el coche a buen recaudo. Segundo paso: buscar el recinto de conciertos. Preguntamos a un empleado de la organización. "Dicen que hay un camino por ahí abajo". Dicen que si tomas cocacola y petazetas te mueres, estoy tentada de contestarle, pero no. Buscamos el camino. Existe. Divisamos Burriana Beach. Sorprendentemente, la programación es milimétrica y los conciertos empiezan con puntualidad británica (A. me apunta que la puntualidad británica es un mito, pero nos entendemos), lo cual supone que llegamos tarde.

Nosotras no somos como esa gentuza que va a los festivales por la fiesta, hemos ido por la música e incluso estamos dispuestas a irnos si empezamos a pasarlo demasiado bien, así que vemos nuestro primer concierto, nos damos por satisfechas por el momento y nos vamos a cenar como unas señoras. Ah, sí, la crónica musical. Manel a mí es que no me matan. A. dice que le gusta mucho su versión de Common people. Por mí podrían haberla dejado estar.

Fuera del recinto no hay tanto talibanismo musical, y al salir nos encontramos con el mítico macrobotellón del Arenal. En mi imaginación, el infierno es como el paseo marítimo del Arenal prolongado ad infinitum. Nunca acabas de atravesarlo, siempre huele a orines y productos químicos, y de fondo no suena Highway to hell, sino Juan Magán, y de hecho así era:


Con todo esto, debo decir que la primera pizza (tomate, mozzarella, champiñones, handmade pizza, nada de gorrinadas de Domino's) me sentó de maravilla. A la vuelta, segundo paso por el paseo infernal. Como sé que esperáis mi opinión sobre el concierto de The Kooks, os diré que me pareció muy bien. Al salir, intento de robo. Mi bolsa del CSIC cortada con un cúter, arruinada, como el mismo CSIC. Qué ironías tiene la vida. Abandonamos el recinto por segunda vez para evitar males mayores y regresamos para el show de Meneo, que gana mucho con la pandilla de ménades danzantes luciendo tiburón sobre el escenario. A las 4 de la madrugada, el nudismo siempre es una opción ganadora. Si Toda loca no forma parte de vuestro repertorio estival, debería:


No quiero desperdiciar la ocasión para señalar la cortedad de miras de los directores de eventos veraniegos. Cualquiera con un poco de olfato habría programado a Julio Iglesias en su festival. Yo veo un claro Bamboleo con Julio feat. Meneo.


Y visualizo también una escena parecida a esta:

julio

Pero cada palo que aguante su vela, el que quiera contar con mi sabiduría musical que la pague. Especifico sabiduría musical porque de la otra tengo poca. Regresamos a la zona de aparcamiento en busca del coche, y ésta resulta no tener ningún tipo de iluminación:

A.: ¿Pero no te habías fijado cuando lo hemos dejado?
Yo: Pueeesssseessstooo... ¿sí?

El camino de cabras que lleva al parking está oscuro cual boca de lobo, lo que en la práctica supone que no deberíamos adentrarnos en él, a riesgo de ser asesinadas y descuartizadas por un criminal sádico o, más probablemente, caer en una acequia y no encontrar el coche. Esto se traduce, versión edulcorada, en "En la playa de Burriana, esperando para ver el amanecer #FantasticLife". Y así.

¿Conseguimos encontrar el coche? ¿Nos caímos a la acequia? Mañana, la segunda entrega de esta cosa.

lunes, 15 de julio de 2013

Fantastic summer

Vamos a dejarnos de tonterías, voy a empezar este post con una referencia que va a sonar pedante, pero lo voy a empezar así y os vais a callar el boquino. Hay una serie fotográfica de Ai Weiwei titulada "Estudios de perspectiva" en la que el artista chino aparece dirigiendo su dedo corazón (vulgo haciendo una peineta) a  monumentos, obras de arte y lugares icónicos de todo el mundo en un gesto de rebeldía ante el establishment cultural y político. Las descripciones no son lo mío, pero tengo material gráfico, atención:

Ai Weiwei - Estudios de perspectiva

Pa' ti y pa' tu prima, Torre Eiffel. Y así all around the world. Pues bien, a mí me entran ganas de repetir ese gesto cada vez estoy tranquilamente en casa y recibo este tipo de ataques morales en forma de fiesta campestrecool, parajes playeros y buenrollismo hipertrofiado. Cómo me pondrá la cosa que ni me meto con lo que lleva esa paella:


Veréis, el mundo se divide en dos tipos de personas: unos son los que no dicen "verano" sino "veranito" y disfrutan cual gorrinillo en fango con este tipo de representaciones (o paripeses). Los otros son conscientes de que cualquier parecido entre tales fantasías y la realidad es pura coincidencia, y el verano les produce más bien indiferencia, cuando no directamente repulsión. Por si no lo habíais adivinado, yo estoy en el segundo grupo. Tanto que he tardado casi un mes desde el comienzo del verano en escribir este post de bienvenida al verano.

No me culpéis, mi recibimiento del verano consistió en un patético episodio en el que un individuo montado en una bicicleta del servicio municipal de alquiler se llevó mi móvil (que no era un Sony Xperia Z, pero casi) from my warm, living hands, todo ello seguido de una desesperada carrera que me dejó como recuerdo las agujetas más grandes jamás contadas y de una deliciosa visita a la comisaría de mi barrio para denunciar el hecho y entretenerme un rato. Fantastic time, pensé, a ver si mi compañía telefónica me hace descuento en el nuevo terminal por estar en paro. Fantastic life. Pese a todo, la tele seguía intentando convencerme de que el verano es el recopetín, y de que everybody wanna live my life:



El caso es que yo diría que NO. Perdonad que sea tan taxativa, pero mientras escribo esto mi casa está siendo invadida por los mosquitos como si de un manglar se tratara, y mi visión del tema empeora cada vez que tengo que parar para rascarme. A lo que voy. No puedo con el buen rollito veraniego. Me irrita. Me exaspera. Me supera. Esto es lo que tengo yo para el buen rollito veraniego y para la supuesta vida mediterránea:

#queledenporculoalmediterráneo

Lo hablé con algunos amigos, preocupada como estaba por la posibilidad de ser una amargada al no poder empatizar con los protagonistas de los anuncios de cerveza. Ojo, yo soy partidaria de la positividad, incluso practicante cuando mi pesimismo y mi misantropía me lo permiten, pero algo me alejaba de estas imágenes de colegueo veranil. ¿Sería ese escenario sobrepoblado de hipsters? ¿El exceso de dientes-dientes-eso-es-lo-que-les-jode? ¿El hecho de que intentaran convencerme de lo maravillosa que es la vida en el sur de Europa y la odiosa comparación con la realidad? En palabras de un comentador de YouTube: "Pero que puto anuncio quereís que os pongan?? Menuda gente más amargada machooooo si quieres te ponen un anuncio que te amargue , con gente debajo de un puente llorando y muriendose, no me jodas chicooooooooooo". ¿Era yo así? ¿Por qué no podía simplemente contagiarme de felicidad mediterránea y alargar las vocales para celebrarlo?

Algunos de mis amigos (especialmente A.) coincidían conmigo, lo cual me reconfortó. Pero no acababa de estar tranquila. Eché la vista atrás e intenté recordar mis últimos veranos en busca de un punto de conexión con esa #FantasticLife. El año pasado... no, no salí de mi ciudad. El anterior... buff, tampoco... Un momento. Creo que fue hace tres veranos cuando intenté sacarme el título de socorrista. Fue más o menos así: el primer día que fui a la piscina para intentar mejorar mis registros en natación perdí las lentillas (y el aliento) ante la mirada del socorrista, que me seguía con atención ante mi evidente ahogabilidad. Y ya. Me quedé en socorrista de tierra y nunca podré cantar esto con propiedad:


En fin, basta de divagar. No me gusta que digan que tengo que ser feliz y cómo tengo que serlo, me estomaga esta pretensión de hacer del verano algo cool cuando siempre ha sido el reino del sudor, la pringue, la arena pegada entre los dedos y las moscas cojoneras (en todos los sentidos). El verano no huele a pino como un ambientador barato. Si el Odorama hubiera cuajado (e inexplicablemente no lo hizo), seríamos conscientes de que en los anuncios de cerveza huele a sudor y a fritanga. Como en la vida misma.  La felicidad publicitaria nos escamotea parte de la realidad, y por eso quiero reivindicar el verano más honesto, el que no se avergüenza de la cutrez y el esperpento y que nos ofrece bien de lycra y colores chillones para pasar los calores.

Punto 1: en verano no te apetece pensar. No digo que no puedas retomar la lectura de ese libro de Tolstói que tenías aparcada desde hace dos años, pero sabes que al final tus neuronas moribundas te van a pedir que eches el freno y les ofrezcas algo más light. O en todo caso, que acompañes ese Tolstói con algo fresquito. Georgie Dann, el gurú de la canción del verano, será tu mejor aliado:


Punto 2: en verano el tiempo se suspende. Las altas temperaturas alteran la percepción temporal, y ello posibilita las siestas de cuatro horas y el eterno retorno de clásicos veraniegos. Dicho de otra manera, que nos la vuelvan a colar con décadas de diferencia y apenas unas sutiles variaciones. a saber:

El tiburón. Una oda a la frustración amorosa en forma de fábula lafontainiana. Sí, con baile for dummies.


Suave (Kiss me) o cómo cualquier revisión de un clásico noventero puede colar en la segunda década del tercer milenio siempre que incluya frases en inglés y, por supuesto, a Pitbull.


Verano azul. Todo recuerdo infantil es susceptible de ser pervertido por la evolución de la cultura masiva. Para muestra, Juan Magan profanando el recuerdo de Chanquete.


Punto 3: los clásicos nunca mueren. O dicho de otra manera, te da igual ocho que ochenta. Esto es tan válido para Guerra y paz como para Cachete, pechito y ombligo, que no necesita de revisiones (aunque las ha habido) para seguir siendo gozada en 2013. Sensual y perturbadora, Cachete... mantiene en la actualidad toda su frescura:


Algo parecido sucede con El venao, una historia de celos que el mismo Shakespeare no habría rechazado como banda sonora para su Otelo.



Punto 4: En verano sobrellevas el calor como puedes. Algunas estrategias eficaces: tomar líquido en abundancia, protegerse del sol, evitar estar en la calle en las horas centrales del día y, si es necesario, ir a la playa. Atención. La playa no es como en los anuncios de cerveza. Es decir, a veces sí, pero por lo general es más bien un lugar masificado, lleno de gente que hace ruido y niños que te tiran arena a la cara. Pero si obvias estos pequeños inconvenientes puedes pasártelo bien como Loona, la alemana más latina, que vive atrapada eterno verano. Ole por ella.


*por si acabáis de descubrir a esta gran artista y Vamos a la playa os ha sabido a poco, incluyo el bonus track Policia, una historia al más puro estilo Leticia Sabater con arrestos, playa y fiesta. What else?



Había pensado incluir un quinto punto referente a la alimentación pero no quiero entrar en polémicas, creo que la aportación de Love of lesbian al panorama gastronómico veraniego es más que suficiente en este sentido. Eso, y que me voy de vacaciones y quiero acabar pronto. ¿Será idílico mi destino? ¿Cocinaré paellas heterodoxas mientras mis amigos se tiran a la piscina con la bici? ¿Será mi verano tan envidiable que a todos os darán ganas de vomitar? No creo. ¿Y cuál es mi actitud ante todo esto? Una vez más:


Por cierto, al final se cierra el círculo y el Instagram de Ai Weiwei resulta ser un monumento a la #FantasticLife. Qué decepción. Feliz verano.

lunes, 4 de febrero de 2013

The Addiction

No sé si alguna vez he hablado aquí de las fluctuaciones de mi estado emocional. ¡Es broma! Ya sabéis que este blog es mitad entretenimiento y mitad terapia ocupacional. Pero hete ahí que estas semanas no he tenido tiempo de escribir, lo cual me ha llevado inevitablemente… a caer en LAS DROGAS. Pero empecemos por el principio. Una vez pasado el efecto euforizante de mi escapada invernal, la cruda realidad me envolvió con su manto de inquietud, estrés, insomnio, ansiedad y demás cosas bonitas que tiene la cotidianidad deriva style. Mi cuerpo reaccionó a ello (mal), y pedía a gritos una ayudita por favor. Y yo, ni corta ni perezosa, de voluntad frágil como soy, abrí el cajón y recurrí, una vez más, a los ansiolíticos.

Ansiolítico

Vale, igual os lo he vendido como si fuera adicta al jaco y ahora os he decepcionado. Lo siento, el caballo, de momento, solo lo consumo en formato hamburguesa. El caso es que, en ese momento, enfrentada a la farmacopea, pensando tanto en drogas legales como ilegales, me vino a la cabeza una cascada de imágenes y sonidos provenientes de mi bagaje cultural, sobre todo cinematográfico y musical. De lo que se come se cría, y yo he comido mucha música y mucho cine (estoy segura de que A. me perdonará que me meta en su terreno – es un torpe escarceo, A., vuelvo a lo mío en seguida). Como dato suelto sobre mi carrera cinéfila diré que vi Ran, de Kurosawa, con seis o siete años (si estáis buscando la palabra, es "jactancia"). Luego me salí del cine en una proyección de Blancanieves, de Disney, porque me daba miedo. Lloré en Las Tortugas Ninja y de vez en cuando hago un revisionado de Hiroshima, mon amour, y de Miss Agente Especial. Y Almodóvar. No recuerdo exactamente cuándo empezó mi relación espectatorial con Almodóvar, pero fue en mi etapa puberal y me marcó en muchos sentidos. Si también es vuestro caso, es probable que hayáis tenido en mente a Carmen Maura en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? al ir a la farmacia a comprar algún tipo de psicofármaco:


Y luego, al tomároslo, puede que os hayáis sentido como Blanca Suárez en La piel que habito:


O como Fabio McNamara en La ley del deseo al tomar cualquier tipo de sustancia psicoactiva (NB: para los que aún os sintáis libres de pecado, el alcohol, el tabaco y la cafeína son sustancias psicoactivas):


Esto, aparte de toda una plétora de películas sobre yonkis en plan muy mal, como Trainspotting, que era de las que te hacían ver en el cole o en el instituto para que no cogieras esos caramelos con droga que, como todos sabéis, repartían a la puerta, o Réquiem por un sueño, que te dejaba tan mal cuerpo que no querías ni drogarte, ni comer, ni levantarte de la butaca ni.


En cuanto a la música, podría seguir en la línea de la jactancia diciendo que las canciones que me evoca el tema son clásicos como My Lady Héroïne, de Serge Gainsbourg, A horse with no name, de America, Sex & Drugs & Rock & Roll, de Ian Dury, Cocaine, de Eric Clapton o cualquier otra de tantas. No. A mí me vienen a la cabeza otras cosas. Otros estilos. A mí me viene a la cabeza El Fary. El Fary era taxista, compositor y cantante, y conocía los senderos del alma humana tan bien como el callejero de Madrid, porque era un tipo auténtico y porque en el taxi se adquiere mucha sabiduría, dicho esto sin un ápice de ironía. Por eso era capaz no solo de escribir un temazo sobre los porros, sino de explicar todo el proceso compositivo de dicho tema como pocos sabrían hacerlo. Y todo eso es lo que hemos perdido. Fary, va por ti. La mandanga:


Ahora bien, hay otra composición de temática cannábica que compite con La mandanga en arte, ritmo y popularidad. La grifa, de El Pelos, es otro imprescindible del período tardosetentero español, momento en el que triunfaban formaciones como Los Chunguitos o Los Chichos, coincidiendo con el pico (sin bromas) de popularidad de personajes como El Vaquilla. Pero volvamos a donde estábamos. El Pelos, rumbita buena y estribillo sin fisuras. Por alguna razón estoy particularmente enganchada a la parte de “talego, talego, qué dolor / talego, talego, qué dolor…”:


Ya lo he dicho antes, Almodóvar es un referente cultural para mí. Por lo tanto no es de extrañar que otro de mis temas fetiche esté incluido en su disco ¡Cómo está el servicio… de señoras! (1983), firmado en colaboración con Fabio McNamara, intérprete de este Rock de la farmacia. La imagen mental de McNamara atracando una farmacia para llevarse dinero y anfetas es poderosa, pero no tanto, me temo, como lo que él tomaba:


Pero siendo sincera, todo esto son cosas que he conocido teniendo ya una edad. A mí, lo que verdaderamente me dejó huella, lo que me pilló en pleno crecimiento y afectó a mi desarrollo, quedando grabado en mi inconsciente cual cicatriz musical, fueron los 90. Y más concretamente Chimo Bayo. Nada más noventero que la ruta del bakalao, y nada más representativo de la ruta del bakalao que las drogas de síntesis y divos como él o Paco Pil. Por cierto, Chimo sigue vivo. Lo vi hace poco por la calle y lo que es peor, tuve noticia de una actuación suya en el mismísimo Londres el pasado verano. Sé que seguramente es algo que no sucedió, pero a mí me gusta imaginarme a Boris Johnson diciendo: “exta sí, exta no, exta me gusta me la como yo”:


Y así, en esta línea de abisalidad y tóxicos, tengo traumas más recientes. No, no voy a volver a hablar de Melendi. Mi último (por ahora) referente drogomusical es una advertencia en toda regla: "Apasionada, por la noche iluminada / de alcohol y de substancias que sintetizadas / la ponen mal, le hacen sentir bien pero está tan mal / que no la puedes ya ni rescatar, y se nos va". Empieza mal, ¿eh? ¡Pero luego es fiestón! Bueno, dramón y fiestón, alternativamente. Las drogas son peligrosas, eso lo sabe Juan Magán, el cantante y productor de electro latino candidato al Goya a la mejor canción original #noticiaseria. Lo que no mata, o engorda o tiene efectos secundarios: irritabilidad, convulsiones, desorientación, confusión... ¿hablar con un acento medio dominicano aunque seas de Badalona de toda la vida? Quién sabe. Bienvenidos a la nave del misterio:


Para los que se pregunten si los ansiolíticos resolvieron mis problemas (de acuerdo, sé que no se lo pregunta nadie pero lo voy a contar igual): sí, momentáneamente. Pero no fue bien. Me desperté con un mal cuerpo que para qué os voy a contar. No es bien en general. Tengo una formación sanitaria, maldita sea, debo desaconsejar la automedicación. Di NO a las drogas, como Olga María Ramos. La vida es bella. El mundo es hermoso. Hay mucha gente que te quiere. Ah, entiendo, pensáis que digo eso porque he vuelto a caer. No, no. Pero ante la duda dejaré que hable por mí Enrique Belén, el Amigo de la vida